Por las calles

BAIRES EN COLECTIVO

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Terror arriba del 47.

El 47 avanza por la Avenida Escalada, como si intentara hacer equilibrio en la línea divisoria entre Mataderos y Parque Avellaneda. El colectivo de carrocería roja que hace más o menos una hora partió de Chacarita, viaja con destino a la cabecera opuesta, enclavada en las inmediaciones del Autódromo Oscar y Alfredo Gálvez. El hecho de que no sea día laborable y el tránsito tenga bastante fluidez, facilita la marcha del vehículo, en una tarde que pronto le cederá su lugar a las primeras sombras de la noche.

En dos de los asientos del fondo, hay dos hombres: un señor de alrededor de sesenta años y un muchacho, que posiblemente no llegue a los veinte. Se conocieron arriba del colectivo. El chico no está muy lúcido. Quiere acomodar sus billetes pero le cuesta una enormidad. Lleva consigo unos cuantos billetes “chicos”, muy arrugados, en su mayoría. Su falta de coordinación para realizar esta tarea que podría parecer tan simple, llama la atención del hombre mayor, que intenta colaborar con él. El chico se deja ayudar. Apenas puede hablar. Da toda la impresión de que su deplorable estado es consecuencia del consumo de alcohol, de drogas, o de ambos.  Está mal vestido, desaliñado. Con encomiable paciencia, su compañero de asiento pone los billetes en orden y se los entrega. Según los parámetros de la sociedad en la cual nos toca vivir, el hombre no tendría ninguna obligación de hacer lo que hace, aunque su “incomprensible” actitud, tan ilógica para los tiempos que corren, irradia ternura y admiración.

Hay algunas personas paradas, pero no están apretujadas ni mucho menos. El 47 se aproxima al cruce de Escalada con la Autopista Dellepiane, allí donde la jurisdicción barrial cambiará a Villa Lugano. De pronto, la tranquilidad con la que transcurre el viaje se quiebra en pedazos. Espantados, los pasajeros del fondo corren hacia el medio del colectivo. El chico le apuntó con una pistola a su compañero de asiento. De tan débil que está casi no puede sostenerla. Tampoco hablar. Pero de todas maneras le apoya el arma en la zona del estómago, con la intención de asaltarlo. Es una pistola plateada, brillante. Los dos siguen sentados en sus respectivos lugares. Hay gritos, pánico. Le gente le pide al chofer que pare, que abra la puerta para poder bajarse.

Vuelve a llamar la atención la reacción del sexagenario. No es miedo lo que parece sentir, sino una gran decepción. “No, pero cómo vas a hacer esto…”, le reprocha enérgicmente al delincuente. “¿La misma persona a la que ayudó ahora trata de robarle?” Este pensamiento, quizás ronde por la cabeza de más de un testigo de los increíbles acontecimientos.

Sin embargo, aunque no tan rápidamente como había desaparecido, los usuarios recuperan la calma. Es que en un abrir y cerrar de ojos, el maleante aprovechó la detención del vehículo y la apertura de la puerta para levantarse y descender por el sector trasero. Sí, se bajó… El peligro pasó. El conductor arranca, mientras los usuarios, reponiéndose de a poco del susto, comentan el pavoroso incidente.

Foto: colectivoshoy.info

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