En la ciudad pasan cosas, aunque usted no las vea.
Juana Azurduy y Cabildo.
Eleonora observa el reloj. De a poco, va llegando el momento de terminar su turno. Hace casi ocho horas que está en su puesto de trabajo, el espacio gastronómico de una estación de servicio. A veces, debe permanecer en la caja registradora, donde además atiende el teléfono. Otras, en la cocina. También, limpia las mesas y levanta lo que la gente deja al retirarse. Y sabe bien lo que es atender la “playa”, cargando tanques de combustible. Los horarios son rotativos. Se ingresa a las 2 de la tarde, a las 10 de la noche o a las 6 de la mañana. Eleonora estuvo en todos. Conoce muchas historias: vio pasar parejas, personas solitarias, grupos de amigos, hinchas de fútbol yendo o volviendo de las canchas, borrachos… Y hasta sufrió a un amigo de lo ajeno, que mostrándole un revolver le robó mientras trabajaba en la caja.
Llegó a este lugar cuando apenas superaba los 20 años. Al principio lo vivió con entusiasmo. El hecho de poder ganar sus primeros billetes disimulaba cualquier contratiempo. Pero ahora, que tiene más de 27, ya no es lo mismo. Siente que su ciclo está cumplido. Que está estancada laboralmente. Quiere progresar. Está cansada de la camisa a rayas rosas y blancas, del pantalón y de la gorrita de color azul. Al margen de lo que representa esa ropa y el dinero que gana, desea dedicarse a algo que tenga más que ver con lo que estudió, porque en forma paralela a su empleo, también fue a la facultad.
Eleonora tomó la decisión. No sabe qué pasará con el día después… Pero sí, ya lo tiene decidido: va a renunciar.
José P. Tamborini y Tronador.
Gerardo toca timbre. Una vez, dos veces, tres veces… Pero nadie atiende. Son cerca de las seis de la tarde de un día laborable. En este colegio de Coghlan, parece que no se dieron por enterados de que Gerardo quiere entrar. ¿No habrá nadie?, se pregunta. Para él, no es cualquier colegio. Es nada más ni nada menos que el Félix de Azara, la escuela donde hizo sexto y séptimo grado. Donde egresó de la escuela primaria. Y ahora, tantos años después, está ahí parado, mirando el hall de entrada a través de la puerta vidriada. Con él está su esposa, que no entiende (incluso se enoja) el motivo por el cual se empecina en tocar ese timbre. “Es que quiero ver cómo está el colegio”, explica él, invadido por una mezcla de testarudez y nostalgia. “No molestes, adentro hay gente que está trabajando”, se fastidia ella. Según Gerardo, hay muchas personas que, ya de adultas, regresan a ver el lugar por el cual pasaron tantas horas de la infancia. Él entiende que los que ahora trabajan en dichos establecimientos, poco menos que tienen que estar a disposición de los melancólicos que regresan a desenterrar el pasado. De cualquier manera, los minutos corren. Adentro hay luz, pero nadie sale… Y Gerardo termina resignándose. Ah, con al matrimonio, también están sus dos pequeñas hijas, que disfrutan del divertido momento en el cole de papá. Al menos, Gerardo no se quedará con las manos vacías, sino que se llevará un lindo recuerdo: la foto de las dos nenas paradas junto a la puerta del “Félix”.
(*) Si bien los nombres de quienes protagonizan las historias han sido modificados deliberadamente, las anécdotas son verdaderas.
Foto: la escuela Félix de Azara (Facebook Padres de la Escuela Felix de Azara).