Es viernes y los relojes marcan que se avecinan las cinco de la tarde. El subterráneo que acaba de salir desde su cabecera de Constitución, pasa por la estación San Juan  En uno de los vagones de la Línea C, posiblemente el anteúltimo de la formación, la gente viaja apretada, al margen de aquellos que tuvieron la suerte de sentarse en la terminal. El panorama es más o menos similar en todos los vagones. En éste, específicamente, podrían narrarse historias teniendo en cuenta cada centímetro cuadrado. Allí está la mujer de unos treinta años, pendiente de su celular, parada en el centro del pasillo, en el sector donde finalizan las hileras de asientos y las puertas están casi al alcance de la mano. El “casi” tiene que ver con que a pesar de la proximidad, la cantidad de gente amontonada en el mismo sitio, dificulta el arribo al objetivo.

Enganchada con ambos brazos a una de las piernas de la mujer, una nena de no más de cuatro años, mira hacia arriba, tratando de hacer contacto visual con quien muy probablemente sea su madre. Pero ésta, concentrada en lo que acontece en la pantalla de su teléfono, todavía no puede prestarle la atención que la niña espera.

A escasísima distancia de ellas, pero al mismo tiempo, a un “mundo” de diferencia, tres veinteañeros –dos chicas y un chico-, compañeros de trabajo, quizás, se las arreglan para compartir una charla sin problemas, desafiando las incomodidades y el ruido ensordecedor que la formación emite en su recorrido hacia Independencia, la siguiente estación. Un pasajero menciona la palabra Moreno. Se trata de la estación que viene luego de Independencia. A pesar de todo, los usuarios bajan y suben de modo normal, acostumbrados, tal vez, a la gimnasia de sortear las circunstancias adversas que propone el subterráneo en horas pico. ¿Otra buena? Si bien el mes de diciembre suele venir acompañado de altas temperaturas, este no es un día complicado en lo que respecta al calor, factor que hace el viaje más llevadero de lo que alguien podría llegar a imaginarse, relacionándolo con la época del año.

Hacia el costado de los asientos, la monotonía de un viaje como tantos, se altera levemente por el ir y venir de un niño de unos ocho años, que viaja junto a varios miembros de su familia. El chico, vestido con una remera de Boca Júniors, por lo que denota su comportamiento inquieto, no tiene intenciones de permanecer en su asiento.

La formación deja atrás Moreno y enseguida, Avenida de Mayo, esta última, una de las estaciones con trasbordo (Línea A, con cabeceras en Plaza de Mayo y San Pedrito). La próxima parada, Diagonal Norte, también cuenta  con combinaciones. En lugar de una, dos: Línea D (Catedral-Congreso de Tucumán) y Línea B (Leandro N. Alem-Juan Manuel de Rosas). En consecuencia, lógico es que un fuerte intercambio de pasajeros acontezca cuando se abren las puertas. Los que salen del vagón, son más que los que ingresan, lo que da como resultado una importante concentración de público en el andén. Dentro de la multitud que se vuelca hacia el exterior del tren, la mayoría tiene claro a qué puerta dirigirse. No obstante, la aglomeración genera que el paso sea lento. A menudo se ve, además, a aquellos que, no habituados al viaje en subterráneo, dudan a la hora de elegir los accesos por los cuales continuar. Pero en cuestión de segundos cada uno habrá seguido rumbo a su propio destino. Y todo será una anécdota.

El dato:

La Línea C fue la tercera en inaugurarse, por eso se le dio esta letra del abecedario –aunque no en el momento de su estreno sino varios años después- para identificarla. Continuadoras de las líneas A (1º de diciembre de 1913) y B (17 de octubre de 1930), se puso en marcha el 9 de noviembre de 1934). Más adelante sería el turno de  Línea D (03/06/1937), Línea E (20/06/1944) y Línea H (18/10/2007).

En principio tuvo seis estaciones, con cabeceras en Constitución y Diagonal Norte y estas cuatro paradas intermedias: San Juan, Independencia, Moreno y Avenida de Mayo. Las tres restantes (Lavalle, General San Martín y Retiro) se estrenaron poco más de un año después, el 6 de febrero de 1936.

El dato (II):

La Compañía de Tranvías Anglo Argentina fue la encargada original de su construcción. Propietaria de la Línea A, la empresa también tenía predominancia entre las que manejaban los tranvías de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, la Anglo-Argentina dejó de lado el proyecto y otra organización de capitales privados, la Compañía Hispano Argentina de Obras Públicas y Finanzas, asumió la iniciación de las obras e inauguró la línea. La CHADOPyF construyó luego las líneas E y D.

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