Hace unos días publicamos la primera parte de una extenso mensaje enviado por un lector que no se identificó. Allí resumía algunas experiencias que su condición de antiguo vecino le permitieron almacenar en su memoria.

El vecino de la buena memoria

No habiendo todavía logrado desentrañar el misterio, a pesar de que volvimos a escribirle solicitándole más datos, aunque más no fuera su nombre y apellido, publicamos la segunda y última parte de su texto, mediante el cual continúa aportando riquísima información de la historia de nuestro barrio. Con la ilusión de que al ver sus líneas publicadas vuelva a contactarse con nosotros -y así formularle una entrevista más acorde a sus vivencias-, aquí reproducimos los recuerdos que nos envió.

La Avenida Federico Lacroze desde el Cementerio hasta Cabildo fue de adoquines, luego, en los años Cuarenta, yo vi cómo colocaban los tacos de madera -los obreros eran italianos-. Como las lluvias levantaban esos tacos, los cubrieron con alquitrán. Se ablandaba en los días muy soleados de los veranos y se pegaba en los zapatos. Luego se usó el hormigón de asfalto hasta hoy. Lo mismo Cabildo.
Una curiosidad del progreso: hasta la década del Sesenta más o menos, incluso hasta fines de esa década, las calles de adoquines en perspectiva se veían verdosas, salvo en el medio. Es que habían muy pocos coches y nada ocupaba las zonas que hoy ocupan los autos estacionados.
Hasta la década del Cuarenta circulaba por Alvarez Thomas un ómnibus «2» . No me pregunten el recorrido, yo era un niño y mi madre me llevaba desde Federico Lacroze hasta Plaza. De Tranvías: circulaban el 30 y el 15 por Federico Lacroze y el tranvía se llamaba “El tranvía Lacroze”. La familia Lacroze fue, creo, la primera propietaria de líneas de Tranvías, de ahí aquella denominación. También se llamaron TRANWAY que era la denominación en Inglaterra
En el playón de la Estación Colegiales se estacionaban los trenes de carga que traían frutas del norte. Una noche a las 0 horas, era el año 1949, pasé y vi a 100 metros un vagón iluminado en su entorno. Estaban sacando sandìas y melones y pasándolos a un camión. Se trataba de un robo. Como sabía quién era el jefe de la estación, lo desperté en su domicilio y me dijo: «No te preocupes, el seguro paga». Claro, total los ferrocarriles ya eran argentinos hacía un año. Siendo de los ingleses no se robaban nada o iban presos si se los capturaban. Qué malos argentinos somos ¿no? Y se robaron de los vagones tulipas, apliques, manijas, y los que se repuso posteriormente también fueron robados. Hasta hoy que se robaron los dineros para reponer útiles y mecánica, es decir, ya no roban porque no llegan a comprarlos. Se lo afanan antes y en efectivo. ¡Qué país!
No se puede hablar del barrio olvidando a la familia Alvaro. Eran cinco hermanos españoles (creo que asturianos) que se habían instalado en la esquina de Zapiola y Federico Lacroze, Esquina Este. En 1940, si no me falla la memoria, ganaron la grande de Navidad y compraron el terreno sobre Lacroze al 2900, en mitad de cuadra que llegaba hasta Teodoro García, doble lote. Construyeron una panadería, como se estilaba, adelante local de ventas y atrás el horno con la planta de elaboración. Arriba hicieron un salón de fiestas. Todo de primera y bien amplio. Y crearon prestigio para su apellido. Fue un faro del barrio durante 50 años.
Colegiales tuvo su hipermercado en Federico Lacroze 3151. Eran los mercados, equivalentes a los hoy hiper. Con dos entradas, en el medio un comercio y en esas entradas generalmente las fruterías. Adentro, a los costados, negocios de muchos ramos, y en el medio muchísimas carnicerías. Tenían subsuelo con frigorífico.
Las dimensiones serían como de 60 metros de fondo por 17,50 de ancho. Cada barrio tenía uno de esas características.
El nuestro se inauguró en 1923 y se clausuró, de a poquito, desde 1978 a 1990 aproximadamente.

Foto: Lacroze y Alvarez Thomas, en un año indefinido. El inconfundible Cine Argos (hoy Vorterix) y, en la esquina, la publicidad de la confitería Alvaro, de Lacroze entre Zapiola y Conesa. Una curiosidad: hay una garita desde donde a falta de semáforos, un vigilante dirigía el tránsito. 

(Gentileza: El Veo Veo)

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