DEL ARENERO AL PISO DE GOMA.

Durante años, los espacios de juegos infantiles en las plazas porteñas estuvieron dominados por la clásica arena. Sin embargo, con el paso del tiempo, gran parte de esos sectores fue modificada y reemplazada por superficies de goma de colores, una transformación impulsada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con el argumento de mejorar las condiciones de higiene y seguridad.

La decisión no fue casual. Las autoridades sostuvieron que la arena podía convertirse en un foco de contaminación debido a que perros y gatos suelen hacer allí sus necesidades. Esa situación favorece la propagación del parásito Toxocara canis, vinculado a enfermedades cutáneas, hepáticas y oculares que, en casos extremos, incluso pueden provocar ceguera.

Fue así como, hace aproximadamente una década, comenzaron a multiplicarse en plazas y parques los nuevos pisos de goma. Además de ofrecer una superficie más segura para amortiguar golpes y caídas, su limpieza resulta mucho más sencilla que la de los antiguos areneros, lo que ayudó a reducir considerablemente los riesgos sanitarios.

Claro que no todos recibieron el cambio con entusiasmo. Entre quienes sienten cierta nostalgia aparecen sobre todo los adultos, muchos de ellos padres que recuerdan los tiempos del balde, la pala y el rastrillo. Aquellos elementos, fundamentales para construir castillos o improvisar pistas para autitos, perdieron protagonismo frente a esta nueva modalidad de juego.

De todos modos, las transformaciones urbanas suelen responder a nuevas necesidades y prioridades. Y aunque para algunos resulte difícil dejar atrás ciertas costumbres, cuando los cambios apuntan a mejorar la salud y la seguridad, terminan siendo parte natural de la evolución de la ciudad.

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