Por las calles

25 DE MAYO-PERITO MORENO, DESDE ATRÁS DEL VIDRIO

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Desde su butaca, el joven paraguayo observa por la ventanilla del micro que acaba de salir de Retiro. Tiene el vidrio delante de sus ojos y una perspectiva de privilegio. Su viaje hacia el interior de la Argentina le depara un extenso recorrido. En los comienzos del mismo, la Autopista 25 de Mayo será protagonista, con la chance de atravesarla prácticamente de punta a punta y la posibilidad de entregarse a la tranquila contemplación en una noche alejada del estrés laboral.

El muchacho comprueba como algunas gotas de lluvia humedecen la ventanilla. El cielo estaba amenazante antes de la partida y ya sobre la ancha ruta, las amenazas se cumplen, aunque el agua no cae en grandes cantidades. La aceleración del micro va dejando atrás el conglomerado de torres, compuesto por millares de ventanitas iluminadas por dentro. Cuando un grupo de edificios ya es historia según la perspectiva del pasajero, enseguida aparece otro. Y así sucesivamente, en el contexto del paisaje nocturno de una Ciudad de Buenos Aires cortada por la Autopista en dos irregulares secciones, a las que se podría llamar norte y sur.

La 25 de Mayo llega a su fin en el enorme nudo conformado por ella misma, la avenida Teniente General Luis J. Dellepiane y otra autopista, la Perito Moreno. Para quienes no tienen por qué conocer estos complicados entramados viales, podría pasar inadvertido el cambio de denominación. Para muchos se trata del mismo camino, pero oficialmente, la 25 de Mayo finaliza (en realidad comienza, pues este es su principio) en la triple intersección con las otras dos, mientras es la Perito Moreno, la cinta asfáltica que prosigue hasta los confines de la geografía porteña, allí donde el cruce con la Avenida Gral. Paz genera otro impactante nudo vial.

En el trayecto,  hay abundante material para anotar en una imaginaria agenda mental. “Desfilan” los carteles publicitarios, haciendo referencia a elecciones venideras, con gigantografías de personajes políticos, siglas partidarias y promesas distribuidas en frases cortas.

Allá a lo lejos, a la izquierda –el sur- se distingue otra torre, muy alta y delgada. Claro que en este caso no se trata de un edificio sino de “la torre de Interama”, la emblemática construcción ubicada dentro del predio que hace décadas surgió como un promocionado parque de diversiones público, pero que después fue padeciendo las dificultades de haber nacido en un país jaqueado por la inestabilidad. El conductor del ómnibus se detiene en el peaje. Son apenas unos segundos en los cuales el joven oriundo del país vecino no pierde su conexión con el exterior.

Miles y miles de lucecitas dirigiéndose por carriles opuestos, dan cuenta de los automóviles que circulan en dirección al centro porteño. A la derecha, impresiona ver el colosal estadio mundialista de Vélez Sársfield, que en esta oportunidad, desprovisto de espectáculos, luce en penumbras. El micro ya está sobre el suelo de Liniers. Quedaron atrás, en un raid de unos 10 kilómetros, Versalles, Villa Luro, Parque Avellaneda, Flores, Parque Chacabuco, Boedo, San Cristóbal, Constitución y San Telmo.

Hay otra situación impresionante: un edificio próximo el encuentro de la Perito Moreno y la Gral. Paz, que, de tan cercano a la Autopista, aparece casi encima de ella. ¿Qué pensarán los habitantes de esos departamentos? ¿Estarán a gusto viviendo allí? ¿Les agradará ver los autos delante de sus narices? ¿No querrán mudarse? ¿Oirán el ruido de los motores? En fin, muchas preguntas y respuestas muy difíciles de responder, tanto para el joven de Paraguay como para tanta gente que podría tener interrogantes como estos.

El ómnibus devora kilómetros. En cuestión de segundos, para el protagonista del relato y para el resto de los ocupantes del micro de larga distancia, el territorio capitalino forma parte del pasado.

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