“Usted está en Ministro Carranza”. Una voz de mujer sale de los altoparlantes, informando la estación en las que la formación acaba de estacionarse. Falta aproximadamente un cuarto de hora para que sean las cuatro de la tarde del primer viernes de enero. Dentro del primer vagón del subterráneo cuya próxima parada será Palermo, los usuarios se acomodan, a la espera de un arranque que no tardará más de unos segundos. Hay pasajeros parados, aunque de ninguna manera, apretujados. Muchos de los que tienen la suerte de viajar sentados echan mano al celular, fiel aliado en tiempos de viaje por las entrañas de la ciudad.
En las dos primeras hileras de asientos, enfrentadas una con otra, el vínculo de los usuarios con sus teléfonos es tan fuerte, que en un momento, allá por la estación Plaza Italia se da una marca complicada de batir: de diez personas, nueve están usando su aparato. Unos mensajean, por audio o por texto, provistos de auriculares o sin ellos; otros hablan “en vivo”; y hasta una señora observa lo que podría ser una película, con la pantalla apaisada.
Un muchacho de alrededor de treinta años que sube más adelante (¿Scalabrini Ortiz?) y se queda parado, se ríe sólo. Claro, “sólo” es una forma de decir. En realidad, está acompañado de su teléfono y su risa surge por algo que ha visto y/o escuchado a partir de su relación a él.
En el andén de la estación Bulnes un cartel de publicidad dispara: “Viajá al futuro de la economía. Conocé bitcoin”. No es el primer anuncio dentro del trayecto Congreso de Tucumán-La Catedral, que recomienda el uso de la moneda virtual.
En Agüero suben dos chicas. Tendrían entre 20 y 30 años. Presuntas compañeras de trabajo, también deben permanecer de pie, y conversan acerca de los horarios de un ferrocarril. El del subte no sería, por lo tanto, el único viaje que deben emprender para ir y venir desde sus empleos hacia sus hogares. Por unos instantes no observan la pantalla, hasta que ¡zas!… “mirá mi bebé”, comenta una de las chicas. Y levantando su celular a la altura de los ojos de la compañera, le muestra, con orgullo de mamá, una foto. Su interlocutora también le habla de su hijo, mientras la formación continúa avanzando con normalidad, superando estaciones cual si fueran postas.
En las proximidades de Callao un pasajero que iba sentado, se despierta. Era la única de las diez personas mencionadas, que no había consultado su teléfono en ningún momento. Muy probablemente, era por la simple razón de que el pasajero (que lleva una lata de gaseosa cola en una mano) estaba dormido.
Ya en Callao, otro afiche publicitario ocupa un cartel en el angosto espacio que separa ambas direcciones. Tiene la foto de una familia a bordo de un auto descapotable antiguo de color azul. Dice: “Dejate atrapar por Tucumán. Somos tu destino”. Como fondo, aparece la histórica casa donde se celebró la Independencia, el 9 de julio de 1816. El devenir de los años determinó que tanto Independencia como 9 de Julio, se convirtieran, entre otras cosas, en sendas estaciones de subte. La primera en la Línea C, la segunda, en esta misma Línea D. Ninguna, en cambio, lleva el nombre de Tucumán, que sí es una calle que pasa a dos cuadras de la estación Callao.