CAMBIA, TODO CAMBIA.
Los semáforos y sus postes.
Hasta no hace mucho tiempo, a casi nadie se le habría ocurrido pensar que los semáforos podían cambiar de color. El tradicional esquema amarillo y negro estaba completamente incorporado, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el resto del país. Era parte del paisaje urbano, algo tan habitual que pasaba inadvertido. Sin embargo, una decisión del gobierno porteño modificó esa imagen: los postes comenzaron a pintarse de gris grafito y, con el correr de los años, el cambio también se extendió a otras provincias.
La medida se oficializó en junio de 2013, cuando la Legislatura aprobó una modificación del Código de Tránsito y Transporte. La iniciativa apuntaba a reducir la contaminación visual y a suavizar el contraste de colores en la vía pública. Según se explicó en su momento, esto contribuiría a mejorar la seguridad vial, generando un entorno más ordenado y menos cargado desde lo visual.
El cambio no se limitó únicamente a los semáforos. Otros elementos de señalización también fueron alcanzados por esta renovación estética. Entre ellos, los postes que sostienen carteles informativos de tránsito, que adoptaron el mismo tono gris. De esta manera, se buscó unificar criterios y dar una imagen más homogénea en el espacio urbano.
A partir de 2014, y dentro de un plan llevado adelante por la Subsecretaría de Transporte y Tránsito, se avanzó de manera más decidida con la transformación. En ese proceso, además del cambio de color, se reemplazaron las antiguas luminarias por luces con tecnología LED, más eficientes y duraderas. Con el paso del tiempo, el nuevo diseño terminó por imponerse. Hoy, más de una década después, el viejo amarillo y negro quedó relegado a la memoria de quienes transitaron la ciudad en otras épocas.
Bancos de piedra
Un banco en la vereda y una lata de gaseosa apoyada encima. La escena, registrada en Diagonal Sur a pocos metros de la avenida Belgrano, podría repetirse sin dificultad en muchos otros rincones de la Ciudad. Se trata de una imagen cotidiana, que ya no llama la atención de quienes pasan por allí. Con el correr de los años, este tipo de situaciones se volvió habitual, casi parte del paisaje. Sin embargo, si uno retrocede un par de décadas, la presencia de estos bancos no era algo común ni esperable.
Su instalación comenzó alrededor de 2013 en la zona céntrica y, de manera progresiva, se fue extendiendo hacia distintos barrios porteños. Con el tiempo, también aparecieron en otras ciudades del país, como La Plata, Tucumán, Mar del Plata y Neuquén. El diseño estuvo a cargo del Grupo Bondi, una dupla de creativos argentinos que ideó una propuesta diferente para el mobiliario urbano.
A simple vista, estos bancos pueden parecer mullidos y cómodos, como si estuvieran tapizados y pensados para ofrecer un descanso placentero en medio del ritmo intenso de la ciudad. No obstante, esa primera impresión se diluye rápidamente cuando uno se acerca. Están construidos en hormigón armado, son rígidos y no cuentan con ningún tipo de acolchado. Por eso, si bien pueden resultar útiles para sentarse unos minutos, con el paso del tiempo terminan siendo incómodos para el cuerpo.
Además, fueron pensados para permanecer a la intemperie y soportar distintas condiciones. Están fijados a las veredas mediante estructuras de hierro, cuentan con orificios que permiten el drenaje del agua de lluvia y resisten bien los cambios de temperatura. También fueron diseñados para tolerar actos de vandalismo, una problemática frecuente en el espacio público. Lo que resulta más difícil de evitar es el descuido de algunas personas. Así lo demuestra la lata abandonada sobre el banco: alguien –como se deduce al ver la foto que encabeza este artículo- decidió no utilizar los tachos de basura y dejar allí la latita roja, sumando un detalle más a una escena urbana muy habitual.