A los 20 años me tocó el servicio militar. Y menos mal que muy cerca de casa: hice la famosa ‘colimba’ en la comisaría 31, de Avenida Cabildo al 200, ahí donde empieza el barrio de Palermo, casi en el límite con Colegiales. La que hacía no era una tarea militar de las convencionales. Mi trabajo, aunque parezca raro, consistía en dirigir el tránsito. En esa época no existían los semáforos como ahora. Los agentes de la Policía se paraban en unas plataformas ubicadas en el cruce de las avenidas y desde ahí dirigían… Yo no era policía pero igual cumplía esa función. Me mandaban a Cabildo y Lacroze, a Santa Fe y Juan B. Justo… No era complicado. Y lo bueno, es que al mismo tiempo, podía proseguir con mi empleo en la fábrica.
Por aquellos tiempos también conocí a Ilsa, mi esposa. Nos conocimos en el recreo El Ancla, cerca del puerto de Olivos. Ella había salido con unos amigos y yo estaba con Juanchito Beverstein, mi amigo de Avigdor. Ilsa es de un pueblo de la provincia de San Luis, y como nosotros, también había venido a Buenos Aires siendo muy chica. En aquel entonces su casa estaba en Haedo, bastante lejos de donde vivía yo, en Olivos. De todas maneras arreglamos para hablar y vernos. Me dio su número de teléfono, la llamé y quedamos en encontrarnos por Rivadavia y General Paz, en la puerta del viejo cine Ciudadela. Me dejó plantado… ¡dos veces! A pesar de todo, seguí insistiendo. La tercera vez, apareció… Nos pusimos de novios –un noviazgo hermoso- y unos años después nos casamos en la comunidad Lamroth Hakol. Para la luna de miel viajamos a Bariloche. En 1972 nació Verónica y en 1973, Guillermo. Vinieron seguiditos los chicos, que hoy ya son padres: Vero, con Eduardo, de tres varones: Matías, Tomás y Gastón. Guille, con Rita, de dos varones, Gustavo y Germán, y una nena, Florencia.
Con Ilsa arrancamos bien de abajo. Al principio, de recién casados, vivimos con mis padres en la calle Quintana, de Olivos. Fuimos progresando y con mucho esfuerzo, pudimos comprarnos algo propio. Los dos nenes todavía eran chiquitos y ya estábamos viviendo en nuestra casa, también en la misma zona. Hubo tiempos difíciles, otros mejores… No resultó fácil, pero salimos adelante. Después de trabajar en Lanex hice varias cosas en lo laboral. No puedo quejarme, la verdad que me fue bastante bien. También nos hemos mudado algunas veces, nunca lejos de donde viví apenas llegamos de Entre Ríos.
En una oportunidad pudimos habernos radicado en Uruguay, gracias a una cuestión relacionada con mi trabajo. La posibilidad estaba avanzada. Si bien nos convenía desde muchos aspectos, al final la descartamos. Influyó el hecho que los chicos eran adolescentes y ya tenían su vida bastante organizada. Quizás, si hubiera sido otro el momento, sí nos habríamos ido del país.
Un día Vero y Guille formaron su familia y cuando se fueron, la casa en la que estábamos, en Villa Adelina, nos empezó a quedar grande. Así que volvimos a mudarnos un par de veces más. Primero a Versalles y después a unas cuadras de distancia, siempre dentro de este mismo barrio de la Ciudad de Buenos Aires.
La razón de la última mudanza está relacionada con un tema de salud. Por un problema en las piernas que fue complicándose, ya me resultaba imposible subir y bajar las escaleras de aquella vivienda. Ahora no tengo necesidad de usar las escaleras, estoy más cómodo. De todos modos, sé que esto es algo que no se va, que seguirá acompañándome. Me cuesta caminar, pero trato de tomármelo de la mejor manera. Por el asunto de las piernas ya no salgo tanto, al margen de algún evento importante como el de mi cumpleaños de ochenta, para el que me organizaron una hermosa cena en un restaurante. Esa noche vino gran parte de la familia, vi a gente a la que hacía muchísimo que no veía. Realmente lo disfruté…
El día a día es otra cosa. Con sus alegrías y sus momentos de dificultad, obviamente, no es una fiesta como la que me hicieron cuando cumplí ochenta. Pero lo importante es que los seres queridos están a nuestro lado, que se preocupan para que estemos bien y que nada nos falte. Eso se valora y se disfruta más que cualquier cumpleaños.
Eduardo Wildau
Imagen: buenosaires.gob.ar