No sé cuánto tiempo habré estado escondido después de escaparme cuando mi abuelo fue a sacarme del calabozo. A lo mejor varias horas… Lo suficiente como para que se hiciera de noche. Me acuerdo que corrí y me metí en un saladero que estaba muy cerquita de la comisaría, pero por la oscuridad, no podían encontrarme a pesar de todos los que me buscaban, porque de mi desaparición se enteró muchísima gente en el pueblo. Yo los escuchaba mientras seguía ahí metido entre la carne de los animales, pero no quería salir. Y las horas pasaban… Para colmo, el olor a podrido que había en ese lugar era terrible. Al final me decidí a salir. Creo que en un momento a mi vieja se le pasó un poco la angustia, pero no el enojo. Y otra vez cobré de lo lindo…
Como estas anécdotas supongo que hay un montón… Yo recuerdo sólo algunas que me quedaron muy marcadas. Por ejemplo, una ocasión en que con los compañeros y la maestra de la escuela fuimos a pasar un día al arroyo Feliciano. Fuimos montados en nuestros caballos… Esa era la manera de recorrer las grandes distancias en Avigdor. A pie o a caballo. A la vuelta, José, mi amiguito del colegio, empezó a molestarme. De puro travieso, así como también lo era yo, me tiraba su caballo encima, mientras yo iba montado en el mío. Una vez, otra vez… Y así gran parte del viaje de regreso. No me lastimaba, pero sí se había puesto muy pesado. Yo iba acumulando bronca y más bronca. Cuando llegamos a la escuela agarré un cuchillo de los que habíamos llevado al picnic y le hice un tajo en una pierna. Para mí era un cortecito sin importancia, mi intención no era hacerle daño sino darle un susto, una lección o algo por el estilo, porque éramos amigos…
Esa noche, ya en casa, veo que vienen sus padres a hablar con los míos. Resulta que la herida de José era bastante seria. Tanto, que tuvieron que llevarlo al hospital de Bovril, un pueblo que queda como a 25 kilómetros de Avigdor. Imaginate cómo estaban mis viejos… No recuerdo haber cobrado ese día, aunque si así fue, no me sorprendería. El episodio fue muy fuerte, pero no dejó de ser una cosa de chicos y no rompió nuestra amistad con José.
Ya en Buenos Aires, terminé la primaria mientras ayudaba a mis padres en el buffet de ACIBA (Asociación Cultural Israelita de Buenos Aires), en Olivos. Ellos consiguieron la concesión de este restaurante y al mismo tiempo eran los caseros del club. Así que vivíamos en ese mismo lugar. Lo que yo hacía era colaborar en distintas tareas de la cocina y en el salón donde se comía. Por ejemplo, cuando llegaban los camiones cargados de bebidas marca Crush y Bidú, yo las acomodaba en la heladera. Me gustaba todo esto mucho más que estudiar. Pronto, largué los libros.
Unos años después de nuestra llegada a la ciudad debía empezar la secundaria, pero no quise seguir estudiando. Prefería hacer otras cosas. En aquel tiempo a esto de que un chico de mi edad deje el colegio y se pusiera a trabajar sin tener grandes necesidades económicas, no se lo veía mal. Y mi papá me lo permitió.
Las cosas se fueron dando como para que con alrededor de 13 años ya tuviera mi primer empleo, al margen de lo que hacía en el club. Lo que sucedió es que al buffet, justamente, solía venir a comer un señor que era dueño de una empresa. Él veía cómo les daba una mano a mis viejos en el salón y parece que le agradó la forma en la que me desenvolvía. Un día, charlando con mi papá, le preguntó si me dejaría trabajar con él. La respuesta fue un sí. El hombre era un capo de la industria textil. Su empresa se llamaba Lanex. Estuve ahí hasta los 32 años.
Eduardo Wildau
Imagen: buenosaires.gob.ar