Nací el 13 de junio de 1944, en Colonia Avigdor, Entre Ríos. Mis padres Heinz Kurt y Jenni Ruth Stürhmann, vinieron a la Argentina desde Alemania en enero de 1938. Él tenía 22 años y ella, sólo 17. En el mismo barco en el que llegaron al puerto de Buenos Aires, también estaban mis abuelos paternos, Oskar y Mathilde, y uno de mis tíos, Herbert. Al tiempo, en este pequeño pueblo entrerriano se juntaron también con el otro hermano mayor de mi papá, Walther. Todos, habían salido de su país natal escapándose de la guerra y la persecución que había impuesto el régimen alemán.

Ya en Entre Ríos mis padres, tuvieron dos hijos, de los cuales, soy el segundo. Esther, mi hermana mayor, nació en diciembre de 1939. O sea, cuatro años y unos meses mayor que yo. En mi caso, no soy sólo el menor de los dos hermanos sino  también contando a todos los primos hermanos, ocho en total.

Viví poquito tiempo en Avigdor, apenas nueve años. A esa edad, vine a Buenos Aires. Pero el viaje no lo hice en forma directa. Primero, junto con mi abuela Mathilde, debimos pasar una temporada en la provincia de Santa Fe. No recuerdo cuánto tiempo, pero fue breve. Mis padres y mi hermana ya estaban en la Capital Federal y la idea era que nosotros nos sumáramos a ellos. También mis tíos y mis primos se estaban trasladando por esa misma época. Mi abuelo, el esposo de Mathilde, ya había fallecido. Avigdor era un pueblo muy chico, en el medio del campo, y muchas familias que por fuerza mayor no tuvieron otra alternativa que la de radicarse en ese lugar al escapar del nazismo, unos años después, en cuanto pudieron, empezaron a mudarse a la ciudad. Y la mayoría eligió la Capital Federal y sus alrededores, por ser la que supuestamente, mejores posibilidades de progreso ofrecía.

Decía que el viaje directo desde Avigdor se frustró porque justo Buenos Aires atravesaba una situación caótica por aquellos momentos. Lo pongo en contexto: junio de 1955. La Fuerza Aérea había bombardeado Plaza de Mayo con la intención de sacar a Perón del gobierno. No lograron el objetivo pero hubo más de 300 muertos y muchísimos heridos. Tremendo. Mis padres decidieron que no era conveniente que viniéramos en medio de esa terrible situación. En realidad, no sé si fue una decisión de ellos o si sencillamente no se podía viajar porque los trenes no llegaban a Retiro. Lo real es que pasamos por Santa Fe porque allá, en la zona de la colonia Moisés Ville, vivía la otra rama de los Wildau, que también conformaban un grupo numeroso. Eran los descendientes de mi tío abuelo Leopold, el hermano de mi abuelo Oskar. Él, desde Alemania, también emigró a la Argentina pero se estableció en Santa Fe en lugar de hacerlo en Entre Ríos.

Cuando finalmente con mi abuela pudimos trasladarnos, la familia volvió a reunirse. De Entre Ríos me fui siendo muy chiquito, pero tengo recuerdos muy claros y lindos de aquella infancia. Existen grandes anécdotas porque yo era recontra travieso. Aunque sin maldad, sí acostumbraba a hacer travesuras. Hubo una, por ejemplo, que me costó flor de paliza de parte de mi madre. Pasó lo siguiente: mis padres trabajaban en una carnicería y yo sin que nadie se diera cuenta, a la hora de la siesta, saqué plata de la caja para comprar cigarrillos. ¡Tenía siete años! Junto con un amiguito, queríamos fumar porque veíamos que los grandes lo hacían. Supongo que nos dio curiosidad y nos dieron ganas de probar, a ver qué se sentía. Así que inocentemente saqué unos billetes y el otro nene fue a comprar un paquete de puchos diciendo que eran para su papá. Al rato nos descubrieron fumando. Encima mi mamá se dio cuenta del faltante en la caja. Mi vieja era de pocas pulgas. Lo demostró con la paliza que me dio. Me bajó los pantalones y me empezó a dar ¡Cómo cobré ese día! Creo que me rompió una cuchara de madera en la cola. Pero acá no terminó todo. Además, quiso darme otra lección por haber robado, así que me llevó a la comisaría y pidió que me metieran en el calabozo. Estaba todo ahí cerquita: la carnicería, mi casa, el lugar donde nos escondimos a fumar, la comisaría… No sé cuánto habré estado adentro, no mucho, quizás una hora, pero el susto que me pegué no me lo olvido. Tenía tanto miedo, que cuando mi abuelo entró para sacarme de la seccional, me fui corriendo a ocultarme, no quería que nadie me encontrara.

Eduardo Wildau

Foto: el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 (elhistoriador.com.ar).

 

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